Las raíces de Don Próspero José Pizzorno están en un pueblito de Piamonte en Italia. Su historia es la de un inmigrante que llegó a Uruguay a instalarse en la región de Canelones, más específicamente en Canelón Chico, a desarrollar un proyecto frutícola–hortícola.

En 1910 comenzó a plantar los primeros viñedos y fundó una bodega de vinos. La elección de la zona se basaba en estar a una hora del puerto de Montevideo, hasta donde él mismo, montado a caballo, llevaba el vino para vender. Su modelo de negocio estaba basado en generar muchos kilos de uva, lo que le brindaba muchos litros de vinos de calidad media-baja, a un precio económico.

En 1970 ese modelo pasó a ser más ambicioso cuando Albérico, su hijo, lleva a la bodega a producir de 30.000 a 500.000 litros de vino más. Ese gran empuje también lo llevó a incursionar en diferentes negocios como una estación de servicios, una barraca, taxis, entre otros.

Durante la década de los ochenta, convivieron dos modelos de negocios: el de Albérico y el de Carlos, su hijo, enólogo de profesión que trabajaba en el negocio familiar. Fue un gran choque generacional que implicó dejar de hacer vino de mesa para ir rumbo a una filosofía de perfección, con un vino de calidad superior, premium, que para alcanzar esa excelencia debía sacrificar el 50% de la uva. Fue una decisión radical, pero sabía que le permitía lograr menos cantidad, mayor calidad y mayor precio, para ofrecerlos al exterior, su mercado primordial.

Carlos tomó el timón del proyecto en 1993; se casó y tuvo dos hijos con Ana Laura Rodríguez: Francisco y María Clara. En 1998, cuando nacía su hija, sucedió un gran hito para la bodega: se vendió la última damajuana de vino. Con ella se discontinuaron los vinos de mesa.

Ana Laura Rodríguez se convirtió en un pilar fundamental para la empresa. Impulsó el área comercial gracias a su buen conocimiento del inglés, que le permitió conquistar el primer mercado internacional donde estuvo presente la bodega. En la feria London Wine lograron ser una de las primeras bodegas en exportar a Inglaterra, llegando a la cadena de supermercados Waitrose.

Gastroenteróloga de profesión, Rodríguez se desvió por varios años de la práctica médica para contribuir al desarrollo de este proyecto familiar. Actualmente ha retornado a la medicina a tiempo completo. No obstante, continúa conectada con el vino, investigando en el área médica los efectos benéficos de la bebida en la salud humana.

Actualmente Carlos está enfocado en la producción. En su vida es muy conservador, pero como productor de vinos resulta todo lo contrario. Sus vinos son conocidos por el Tannat maceración carbónica, que son vinos leves que rompen con el paradigma que tiene el tannat de ser muy astringente. En Pizzorno hacen vino tannat para uruguayos, pero también tannat para fueras de fronteras, porque desean que el mundo conozca nuestra cepa insignia.

Carlos dejó a las nuevas generaciones a cargo de la gestión de la bodega. Francisco (28) se encarga del área comercial y reconoce que la llegada de María Clara (22) al negocio familiar –ella se recibió recientemente de Contadora– fue un soporte fundamental para él a nivel emocional, para soportar ciertas presiones y miedos que se les plantean en el diario vivir, sobre todo en estos tiempos de incertidumbre.

Del pasado, solo conservan el moscatel. Actualmente las cepas cultivadas son tannat, cabernet sauvignon, cabernet franc, petit verdot, merlot, pinot noir, malbec, arinarnoa, marselan, sauvignon blanc, chardonnay y moscatel de Hamburgo.

Como una forma de sumar valor agregado, desde 2015 reciben clientes a los que les cuentan la historia familiar, con orgullo y pasión, en una degustación integrada en sus visitas guiadas. Hoy la propuesta cuenta con un restaurante con carta con exquisiteces para maridar con sus vinos.

La idea del enoturismo surgió de forma inesperada, cuando una agencia turística los llamó para ofrecerles recibir a unos turistas que iban a visitar una bodega cercana que había cerrado. Todo empezó en forma improvisada y sencilla. Los recibieron como pudieron.

En 2019, y hasta que se cerraron las fronteras en 2020, recibieron a 6.500 visitantes, de los cuales el 94% fueron extranjeros, y el 86% brasileros. La pandemia sirvió de excusa para que muchos uruguayos se volcaran a visitar la bodega. Aquellos que prefieren pueden alojarse en la Posada de Campo como una forma de desconectarse, y no tener que manejar a la ciudad luego de disfrutar de la oferta gastronómica. Es la casa donde empezó todo en 1910, remodelada como posada, con cuatro habitaciones, incluyendo la que perteneció a Don Próspero y hoy lleva su nombre.

Francisco y María son dos jóvenes apasionados que apuntan a lograr mejores compradores de vino, que conozcan las variedades y todos los detalles del proceso. Son conscientes de la responsabilidad que tienen al encargarse de un negocio familiar de más de un siglo en nuestro país, un legado que recibieron, al que le dan todo su amor y que en un futuro ellos también dejarán a sus hijos para que la historia.