El milagro de estar vivo

Fernando Parrado

Para Fernando Parrado, la vida es un regalo y gran razón de su felicidad. Pese a haber sufrido enormes pérdidas, de manera trágica, en la cordillera de los Andes, Parrado encontró en la educación brindada por sus padres, las herramientas para construir el milagro de aquel rescate y la felicidad que hoy siente en su día a día.

31/07/2020

El milagro de estar vivo

Para Fernando Parrado, la vida es un regalo y gran razón de su felicidad. Pese a haber sufrido enormes pérdidas, de manera trágica, en la cordillera de los Andes, Parrado encontró en la educación brindada por sus padres, las herramientas para construir el milagro de aquel rescate y la felicidad que hoy siente en su día a día.

En un año que no ha escatimado en malas noticias y ha puesto a prueba la resiliencia de gran parte del planeta, las historias de superación han cobrado un nuevo vigor, porque las enseñanzas que dejan sobre el valor incalculable de vivir y la tenacidad necesaria para superar hasta los peores obstáculos aplican para todos.

En Uruguay hay una historia de supervivencia que, desde hace casi cinco décadas, ha impactado al mundo entero. El «Milagro de los Andes» le costó a Fernando Parrado la vida de su madre, su hermana y muchos de sus amigos más cercanos. Pero no la suya y hoy, 48 años más tarde, el empresario y conductor de televisión no duda en definirse como una persona feliz.

«Lo primero que me hace feliz es estar vivo, porque es un milagro que lo esté», aseguró «Nando» Parrado, entrevistado por la sicóloga Majo Soler en el podcast «Sé feliz y deja huella», de Lucía Carrasco, con el apoyo de Banco Santander. «A veces me pregunto ‘¿cómo puede ser que esté acá?’. Solo respirar ya me hace sentir vivo».

La historia de los 16 sobrevivientes de la tragedia del vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya es conocida. Se trata, indudablemente, de un mojón gigantesco en la vida de sus protagonistas, pero no es la totalidad de su historia.

Es cierto que cuando Parrado mira atrás admite que gran parte de su huella en este mundo estará ligada a aquella tragedia: «Será que, gracias a lo que hicimos con Roberto Canessa de cruzar esos Andes, hoy hay 140 personas, hijos y nietos, que de otra manera no existirían. Mejor huella que esa no voy a dejar».

Aquella travesía camino a la salvación –vale recordar aquí al arriero chileno Sergio Catalán, el hombre que encontró a los uruguayos y fue clave en su rescate, y quien falleció el pasado mes de febrero, a sus 91 años- no fue sencilla. Parrado asegura que surgió de la necesidad, desesperante, de seguir luchando.

«Jamás sentí paz frente a la muerte», le explicó a Soler. «Tampoco sentí esperanza. La palabra esperanza no me gusta. Cuando estábamos en Los Andes teníamos cero esperanza, porque la esperanza es dejar en las manos de los caprichos del destino, o de Dios, que pase algo».

«Yo tenía pánico, tenía miedo. Te puedo decir que nunca me dejé estar. Me estaba muriendo de a poquito y elegí luchar, seguir hasta que no respirara más», afirmó.

El motor de ese instinto de supervivencia, sin embargo, tiene su origen mucho más atrás en el tiempo y, contrario a lo que la mayoría podemos pensar, forma parte de un grupo de características de la personalidad de Parrado que se forjaron en su niñez y adolescencia, no en el frío letal de la cordillera.

«Todo el mundo piensa que yo cambié después de los Andes, porque me ven de cierta manera, pero yo hice una ‘experiencia científica’», bromeó Parrado con Soler. «Junté a cinco amigos, con quienes somos amigos desde primaria, y les pregunté: ‘¿Cómo soy yo ahora y cómo era antes?’. Me dijeron: ‘Sos el mismo, sos igual. Lo que te proponías, lo hacías’».

«Yo sé que soy igual, pero la gente piensa que no», señaló. «Ya era tenaz de antes».

Esa tenacidad fue clave para luchar contra la muerte. Parrado atribuye esa y otras características de su personalidad a su crianza. «La educación es importante», señaló. «Cuando yo tenía 16 años mis padres me mandaron nueve meses a EEUU. Solo, a Michigan, cuando no había internet, no había nada; una carta demoraba un mes en llegar, las llamadas eran bien cortas porque costaban ocho dólares. En esos nueves meses solo, me di cuenta que cada decisión mía me hundía o no».

«Creo que ese ejercicio que hicieron mis padres, ese valor de mandarme en aquella época, en 1966, a EEUU, sabiendo que iba a ser bueno para mi vida, me formó, me endureció, me dejó valorar cosas y me enseñó a decidir por mí mismo. Fue una universidad de nueve meses», agregó.

Aquella experiencia, en la que debió decidir cómo lidiar con las tentaciones, tuvo también instancias en Montevideo: «La mejor educación es el ejemplo. Mi padre no tenía mandamientos para mí, siempre me educó con su ejemplo, con lo que él hacía. Yo tenía 17 años, no tenía libreta, pero mi padre era el presidente de la Asociación Uruguaya de Volantes y yo iba a la pista. Manejaba mejor que el 95% de la gente, pero no tenía licencia para andar en la calle. Un día le pedí el auto porque tenía una cita. Me dijo: ‘No tenés licencia de conductor ¿qué ocurre si pasa algo? Ahora, las llaves están ahí, hacé lo que quieras’. Me fui en bicicleta».

Cuando recuerda a su madre, fallecida en el momento del impacto del avión, Parrado trae al presente la memoria de ella trabajando todo el día junto a su padre en la talabartería devenida en ferretería, para luego sumar más horas durante la noche confeccionando uniformes. «Estaba todo el día en la ferretería y de tarde, a las 18 horas, tomaba medidas y cocía hasta las 2 de la mañana», recordó. «Dormía tres horas por día».

«Ese legado me dejaron mis padres», señaló.

Es lógico entonces que la familia sea su gran fuente de alegría hoy en día, con un placer especial en organizar viajes con ellos –«me apasiona organizar los viajes con ellos y que todo funcioné perfecto»- y, como él entiende su legado personal, dejar en las manos de las generaciones siguientes aquello que ha construido. «Un día me di cuenta que nada de lo que yo tengo es mío», explicó. «Es de las siguientes generaciones. Lo que yo tengo, lo que he producido, lo que he logrado, ya no es mío; es de mis hijas, de mis nietos».

«La gente se aferra a las cosas, pero tenés que desprenderte de lo que es tuyo sin ningún tipo de dolor. ¿Aferrarte a qué? Si no te llevás nada. Mi legado es que todo lo que he producido ya no es mío, es de los demás», agregó. La felicidad, asegura Parrado, te abraza sin que te des cuenta, sin buscarla, naciendo de las cosas más sencillas, de vivir y disfrutar tu vida.

«Nunca dejé de comprender la suerte que tengo de estar vivo», señaló. «Cuando te enfrentas mucho a la muerte y la vencés, cuando le escupís la cara a la muerte… Hay muy poca gente que puede tener esa experiencia. Tengo pedacitos del diario que dicen ‘Hoy de noche misa en Stella Maris a las 19:30 por el alma de Susana, Eugenia y Nando Parrado’. Por eso uso una palabra que es media sacrílega, pero yo digo que resucité». «Me encanta estar vivo, nunca me acostumbré. Lo único es que se me pasa demasiado rápido», aseguró.