El hacedor de vinos

Hans Vinding Diers

Entrevista al consultor internacional que lidera, junto a Marcelo Conserva y Natalia Welker, el equipo de producción de Bodega Oceánica José Ignacio.

Omar Ichuste

El hacedor de vinos

Entrevista al consultor internacional que lidera, junto a Marcelo Conserva y Natalia Welker, el equipo de producción de Bodega Oceánica José Ignacio.

La historia de Hans es tan interesante como la de una película. Hijo de padre danés y madre inglesa, nació en Sudáfrica, donde sus padres decidieron establecerse después de una larga travesía en velero. Los Vinding Diers dejaban atrás sus profesiones en Europa para emprender un nuevo capítulo del libro de sus vidas. Esta vez sería en el continente africano, precisamente en la región vitivinícola de Stellenbosch, muy cercana a Ciudad del Cabo. Una cosa llevo a otra y, de repente, se vieron trabajando en la bodega de un amigo, donde nacieron Hans y su hermano. En 1973 la familia se mudó a Burdeos, donde el patriarca continuaría en la industria, mientras sus hijos crecían en el epicentro mismo del mundo del vino. 
 
«En aquel tiempo era común que los niños bebiéramos vino con agua», recuerda Hans, mientras confirma que desde siempre ese fue su universo. «Íbamos a la escuela de la región de Saint-Estèphe, donde vivíamos, y nuestra maestra era la esposa del chef de cave de Château Ormes de Pez y siempre llevaba vino a la escuela y ponía un poco en nuestros vasos de agua del almuerzo».

A pesar de eso, la tradición de una familia paterna, relacionada a todas las expresiones del arte, lo impulsaba a soñar con una carrera en el show business. Los consejos realistas de familiares cineastas inhibieron su ingreso al mundo del cine y dieron pie para que su padre lo enviara a Australia a sosegar la rebeldía de la juventud: «Allí aprendí el arte del trabajo, el viejo amigo de mi padre era estricto, al punto que lo llamaban ‘el coronel’. Me mandaba a dar vuelta tierra con 45° de temperatura, pintar tanques en la bodega y me retaba todo el tiempo, pero fui por seis meses y me quedé un año y medio. Me enseñó sus técnicas para cosechar la uva y hacer de ella un buen vino. Hoy puedo decir que aprendí y mucho», cuenta con orgullo el winemaker. 

Con 20 años y una gran experiencia ganada regresaba a Burdeos para trabajar, ahora sí, con su padre. Desde ese momento, y por más de una década, se impuso la rutina de vivir la mitad del año en el hemisferio norte y la otra en el sur. Así logra lo que pocos, «hacer» dos cosechas por año, en países y continentes diferentes, viviendo y contrastando las tradiciones, técnicas y avances del Viejo y Nuevo mundo del vino. 

Este bagaje de conocimientos y expertise lo trae a América del Sur en 1998 como flying winemaker de una empresa compradora de vinos de Londres. Conoce las bondades de los valles chilenos, los Andes mendocinos, los viñedos de Canelones, y queda especialmente impresionado con el clima, suelo y agua de la provincia argentina de Río Negro. Es allí donde decide desembarcar con su propio emprendimiento y mostrarle al mundo, a través de su vino, la expresión de un terruño, para él, único. 

¿Cuál es la técnica de un consultor internacional para producir vinos en zonas y países con suelos y climas diferentes, como son Argentina y Uruguay? «Interpretar, simplemente eso», afirma. «Yo no trabajo con protocolos, solo interpreto el lugar, sus condiciones, sus virtudes y debilidades. Cuando Marcelo y Natalia me llamaron y contaron su proyecto, lo que más captó mi atención fue la cercanía al Atlántico. Estos viñedos son marítimos y, por tanto, también lo son sus vinos. Me interesó trabajar con la albariño, profundizar en la frescura que esta zona aporta a los vinos, en especial a los blancos. Creo firmemente que el futuro de los vinos uruguayos está en los blancos. Su cercanía al mar les da una frescura particular, una acidez natural que los destaca entre sus pares de la región», afirma confiado Vinding Diers.  

Hablar de Uruguay lo entusiasma y más aún del futuro de sus vinos. Viene varias veces al año y pasa días enteros en la bodega de la ruta 9, porque como él mismo dice «en Bodega José Ignacio hay terroir y estamos aprendiendo a conocerlo». Confía en el potencial de la zona, la cercanía al mar, las leves inclinaciones y la amplitud térmica. Comparte la filosofía del matrimonio Conserva-Welker, que pretende vinos amigables y auténticos, que van en paralelo con la gastronomía actual, donde prevalece el alimento per se.           

Renegaba de ser como su padre y por eso no miraba el mundo del vino como una opción para su vida. Con apenas 50 años, una personalidad cálida, alegre y de gran sencillez, se ha convertido en un experto. Un profesional autodidacta que le interesa hacer foco en cada proyecto en que se involucra, y profundizar en ellos. Su trabajo está en la viña y cuida de ella como la más preciada de las joyas, porque como sostiene, «en bodega solo dejo que la uva se exprima, nada más».