Un viajero de ley

MARCELLO FIGUEREDO

Viajar es una experiencia única, una fusión inimitable de aprendizaje y libertad. El periodista Marcello Figueredo se ha enfocado durante estos últimos años en transmitir su pasión por los viajes, abogando por la idea de un viajero leal a sí mismo, capaz de encontrar su propio camino, obedeciendo a su brújula interior.

Luis Cabrera

Un viajero de ley

Viajar es una experiencia única, una fusión inimitable de aprendizaje y libertad. El periodista Marcello Figueredo se ha enfocado durante estos últimos años en transmitir su pasión por los viajes, abogando por la idea de un viajero leal a sí mismo, capaz de encontrar su propio camino, obedeciendo a su brújula interior.

En sus charlas en el Hotel Oliva, Marcello Figueredo es afín a proponer un sencillo ejercicio: si dos personas viajan por separado, pero al mismo destino, por el mismo tiempo y en la misma época, con la misma cantidad de dinero en el bolsillo y el mismo programa de visitas, a su regreso ¿habrán visto lo mismo? La respuesta es, indefectiblemente, no.

«Lo que cada uno va a ver dependerá de su estado anímico, su formación cultural y una cantidad de cosas que hacen única a cada persona en el momento que está viajando», explica Figueredo. «Lo que define al viajero es la lealtad a sí mismo, la capacidad de obedecer a su propia brújula interior».

Figueredo es un periodista de larga trayectoria en los medios uruguayos. Fue editor de la revista Paula del diario El País, trabajó en radio y televisión, y es autor de múltiples libros, incluyendo Una forma de viajar, editado por Aguilar en 2010.

La pasión por los viajes –«el hambre de mundo», como él la llama- nació temprano, pero recientemente ha devenido de pasatiempo a trabajo, virtud de sus publicaciones en el blog El arte de viajar y del ciclo de charlas iniciado en 2017 en el Hotel Oliva.

En sus charlas, Figueredo invita a un recorrido diferente que transporta a los participantes por distintos puntos del globo, invitándolos a asociar ideas y sensaciones con lugares, a pensar el mundo con otros ojos.

«Hablamos de muchos destinos y de ninguno», señala. «Son ciclos guionados de forma tal que se cruzan temas, por lo cual cada semana visitamos varios destinos al mismo tiempo».

Sí existe un hilo conductor, los viajes y, por tanto, también los viajeros. Es allí donde Figueredo revela su formación, con gran influencia de Cees Nooteboom y Claudio Magris, dos pilares de la escritura sobre viajes, para transmitir la idea de un viajero «despierto», capaz de discernir entre los deseos propios y los ajenos.

«Hay muchos tipos de viajeros y bien podemos ser todos al mismo tiempo», explica Figueredo. «Hay momentos en los que no tenemos más chance que ser un turista y seguir al guía, otras veces somos el reflejo de aquellos exploradores que descubrían un nuevo lugar, al menos en espíritu, y otras, cuando la inspiración nos acompaña y nos preparamos debidamente, podemos ser un viajero con todas las de la ley: sensible, ilustrado, con la disposición anímica y espiritual de ver un poco más allá de sus propias narices o de lo que le imponen los rankings o Instagram».

Para Figueredo allí se da la principal lucha por el espíritu del viaje: en la capacidad del viajero de escuchar a su «brújula interior». «No es sencillo obedecer a tu brújula interior», concede el comunicador. «Hoy, bombardeados de información, la gente sale corriendo detrás del viaje que hicieron otros, pero viajar no es seguir la promoción o el ranking de turno que otros imponen».

«Yo creo en el viaje como experiencia, como aprendizaje formal», agrega. «En ese sentido, todos los viajes son válidos, a condición de que sean auténticos, profundos, detrás de lo que a vos te mueve a ir a un lugar determinado».

Aprender a escuchar a la brújula interior no es sencillo, menos hoy cuando las tentaciones exteriores son muchas; cada destino tiene su ranking, su guía preparada, su lista de lo que no se puede dejar de ver.

Para Figueredo, se trata de un aprendizaje más. «Uno no viaja igual a los 17 que a los 30 o 50», afirma. «A lo largo de la vida, el verdadero viaje que todos transitamos, uno se va conociendo y entendiendo. Me parece que cuando das con eso que te interesa en el mundo, empezás a encontrarle otro gustito a los viajes, porque vas armando tu propio camino».

La cultura y los lugares comunes

Apasionado del arte y la cultura, Figueredo admite que encuentra fácil sintonía con los viajeros que posean una sensibilidad para la gastronomía, el cine, la literatura, la música o la pintura. «Celebro a la gente que se va de vacaciones para tirarse en una reposera, yo soy adicto a algunas playas de Brasil, pero estoy pensando en otro tipo de viaje», comenta. «Pienso en el viaje como un ejercicio de asociación de ideas, en el cual un paisaje te lleva a pensar en aquel cuadro de Matisse que te fascinó o esta película de Woody Allen te sugiere decenas de lugares para aproximarte a New York. Viajar te permite poner todo eso junto».


Como revela el nombre de su blog, Figueredo atribuye a viajar las características de un arte. «No en el sentido de las bellas artes, sino en tratar de ejecutar como un arte algo tan lindo como viajar», explica

«Esto va ligado a que el viaje es una experiencia. Ninguna otra circunstancia de la vida conjuga al mismo tiempo tanta libertad y tanto aprendizaje», agrega.

Para lograr esto, Figueredo advierte sobre algunos vicios del turismo moderno: «Hoy está muy extendida una idea frívola de que todo el mundo puede ser un gran viajero. Hay como un desprecio a los turistas y se supone que lo más canchero, lo más inteligente, es prescindir de los libros, las guías, la cultura e improvisar. Yo aborrezco esa idea. Ir a París e ignorar el Louvre no es de listos, es de tontos. Los lugares comunes lo son por algo».

Según explica el periodista, planificar es necesario para que le viaje rinda como experiencia, pero también por cuestiones prácticas: ahorra mucho tiempo y dinero.

A la vez, Figueredo no tiene compasión con otro perfil del viajero moderno: el que quiere vivir la experiencia de ser un local. «Detesto al turista que tiene la ilusión de vivir Roma como un romano. Eso es de una brutal frivolidad», afirma. «No somos locales y, si lo pretendiéramos ser, pareceríamos ridículos».

«Por más liviano que de equipaje que viaje uno, siempre viaja consigo a cuestas y va a mirar el mundo desde donde esté parado», comenta el periodista.

Justamente, el valor del viajero, según entiende Figueredo, se mide en ese terreno: «El viajero de ley se define no tanto por cuán lejos fue, sino por cómo lo movilizo ese viaje, cómo lo cambió y ayudó a entender el mundo y su propia casa».

«Las fronteras interiores son las más difíciles de transitar», señala. «Claudo Magris, el escritor italiano, dice que viajar nos enseña a habitar más poéticamente nuestras propia casa. Si viajar no te moviliza por dentro, si no te ayuda a cruzar tus fronteras interiores o a vivir más poéticamente tu propia casa, viajar no habrá servido de mucho».

Último llamado

En su blog, El arte de viajar, Marcello Figueredo invita a sus famosos entrevistados responder un divertido cuestionario. Con su permiso, aquí una versión reducida, adaptada para su autor.

El primer gran viaje. Recién recibido como Licenciado en Comunicación, inventé la posibilidad de estudiar un doctorado en Barcelona. Nos fuimos con mi novia, hoy la Sra. A, con plan de quedarnos. Pocos días después de llegar me di cuenta de que me había mentido y que lo tenía era un enorme hambre de mundo. Me olvidé del doctorado y nos quedamos 2 o 3 meses viajando por Europa, incluyendo una larga estadía en Paris.

Un lugar del mundo al que volverías una y otra vez. A muchos, pero si me obligan a elegir uno, digo Río de Janeiro. Tiene una oferta cultural deslumbrante más allá de sus fabulosas playas, su pasión por el fútbol y del carnaval carioca, que creo es el gran espectáculo del mundo. Es un lugar que me hace muy feliz.

Un libro, película o disco que te hayan inspirado. No hubiera disfrutado igual Estambul sin haber leído Estambul, ciudad y recuerdos y El museo de la inocencia de Orhan Pamuk; de música, no podría entender Brasil como creo entenderlo sin la discografía de Maria Bethânia, Ney Matogrosso o Chico Buarque; lo mismo con las películas que me aproximaron a Venecia, como Muerte en Venecia.

Un destino que no te colmó. Fuimos a Morro de San Pablo, una isla en el litoral sur de Bahía, hace muchos años, convencidos de que era el Cabo Polonio de Bahía. Nos encontramos con hordas de argentinos jugando al fútbol en la playa. Con todo el cariño que les tengo a los argentinos, no teníamos ganas de ver tantas remeras con el logo de Quilmes. Nos fuimos a las 48 horas.

La calle más linda del mundo. Central Park West en Nueva York, lo cual no supone que se ubique en la ciudad más linda del mundo. Como paisaje urbano, me parece una calle deslumbrante. Otra opción es el Gran Canal de Venecia.

Un destino pendiente. Muchos, porque siempre es más lo que uno no conoce que lo que conoce. Hoy realizaría un largo viaje a Egipto, recorriendo el país en barco y tren. Lo tengo planeado al detalle, independientemente de que pueda realizarlo o no.

Las sensaciones al regreso. Montevideo es mi casa. Entiendo, y lo he descubierto viajando, que uno se parece mucho más al lugar de donde viene de lo que cree o quisiera. Estoy hecho a escala montevideana. Volver es reconciliarme con eso.