El cazador de historias

ADELANTO SELECT #9

Ganador del Premio Planeta 2017 por su novela El fuego invisible, el escritor español Javier Sierra rememora para The Select Experience Magazine su trayectoria como periodista, su salto a novelista, su pasión por los enigmas de la antigüedad y hasta su pasado como investigador del fenómeno ovni.

Gonzalo Larrea

El cazador de historias

Ganador del Premio Planeta 2017 por su novela El fuego invisible, el escritor español Javier Sierra rememora para The Select Experience Magazine su trayectoria como periodista, su salto a novelista, su pasión por los enigmas de la antigüedad y hasta su pasado como investigador del fenómeno ovni.

Cansados de ser ignorados por la administración central y con el objetivo de que sus reclamos fuesen escuchados, los habitantes de Teruel, España, crearon en 1999 una plataforma ciudadana llamada «Teruel existe». Aunque sus reclamos han tenido desde entonces más o menos éxito, la frase quedó marcada en la memoria de todos los españoles. Si alguien menciona a Teruel, no tardará otro en recordar que «existe».

Y en ese mismo rincón olvidado, pero en 1971, nació el escritor español Javier Sierra, prueba viviente de la existencia de Teruel y quien reconoce que mucho de lo que es hoy se lo debe a haber pasado su infancia allí.

«Aprendí a ver el mundo en Teruel, la capital de provincia más chica de España. Con tan poco para hacer siendo niño, la imaginación era mi mejor escapatoria. Además, Teruel es una ciudad que ayuda mucho, con una arquitectura muy evocadora y unos cielos muy estrellados que ya desde chico me hacían preguntar si estaríamos solos en el Universo», explica Sierra a The Select Experience Magazine.

Y fue el intento por responder a esa primera y gran pregunta lo que llevó desde pequeño a Sierra por un camino sin retorno: su obsesión por los misterios y el fenómeno ovni. Su pasión fue tal que siendo apenas un niño comenzó a intercambiar correos con los principales referentes del mundo OVNI en España. Poco después, a investigar por su cuenta y con apenas 14 años ya conducía un programa radial dedicado al tema.

Paralelamente, comenzó a viajar −llegó a ir hasta Roswell para conocer de primera mano los testimonios de los últimos supervivientes del famoso caso−, asistir a congresos y a hacerse un nombre en el mundillo, donde fue bautizado como «el niño prodigio de la ufología».


«Pero al final el tema ovni llegó a un punto que me provocó una enorme insatisfacción. Yo quería saber lo que había detrás. Yo no investigaba o hablaba de ovnis por hablar o seducir con un relato de misterio a mis espectadores, oyentes o lectores. No, a mí me importaba saber lo que había detrás, y por más que avanzaba, no llegaba a ninguna conclusión. Al ver que no iba a resolver nada, pues decidí ampliar mi espectro de inquietudes, allí es cuando empiezo a preocuparme por otros asuntos», rememora.

Es así que los ovnis (tema que confiesa le sigue fascinando) dejaron lugar a otros misterios en la vida de Sierra, quien con solo 19 años fundó la revista Año Cero y con apenas 27 fue nombrado director de Mas allá, por aquel entonces la publicación más importante dedicada a los misterios en España. Su trayectoria incluye además numerosos programas de radio y la llegada a la TV en 2004 al frente de su propio programa.

Pero el gran salto de Sierra llegó en 1998, con la publicación de su primera novela, La dama azul, fruto de dos desafíos aparentemente inconexos pero que cambiaron su vida para siempre. El primero fue una noche que Sierra jamás olvidará. La peor de su vida, asegura.

«En el año 1995 empiezo a viajar a Egipto, que era uno de mis sueños. Y me da una fiebre tan grande con Egipto, que empecé a viajar cada dos o tres meses como fuera, recorriendo el país en todas las condiciones imaginables, en busca de historias como periodista». Fue en uno de esos viajes que se cruzó con una historia apasionante: la noche que Napoleón Bonaparte pasó en la Gran Pirámide de Guiza.

«Fue en 1799, al final de su estancia en Egipto. Y cuentan que cuando salió de la Gran Pirámide, no quiso contar a nadie lo que había pasado allí dentro. Algo debía haber pasado, porque él salió asustado, impactado de lo que fuera que viese. Empecé a documentarme sobre el tema y vi que las fuentes solamente decían eso, e insistían en que Napoleón cada vez que era preguntado sobre esta cuestión, siempre respondía que aunque lo contara, nadie le iba a creer. Que por lo tanto prefería no contar nada», relata Sierra, que al final se convenció de que la única manera de resolver el misterio era pasando él mismo una noche en la Pirámide.

«Mi propósito era escribir un reportaje sobre esta cuestión. Entonces, pasé mi noche en la Gran Pirámide y fue una de las peores de mi vida. Me dejaron a oscuras dentro de la cámara del Rey, durante seis horas, encerrado, y lo pasé mal...», recuerda. Como si fuera poco, más allá del terror vivido, no experimentó nada que le ayudara a descifrar qué había visto Napoleón. O al menos eso creía entonces.

«Algo había quedado dentro de mí, y cuando empecé a reflexionar sobre aquella experiencia me di cuenta que de alguna forma lo que yo había acariciado esa noche allí dentro era la muerte. Había estado en medio de la oscuridad más absoluta, en medio de una tumba de 5.000 años. Hubo un momento en el que llegué incluso a perder la noción de dónde terminaba mi cuerpo y dónde empezaba la oscuridad. La sensación de disolverse en la negrura absoluta se debe parecer mucho a la muerte. Y a la vez tuve la sensación de que había logrado vencerla y, sin quererlo casi, había experimentado un proceso que en el mundo antiguo se llama "iniciación". En mi caso, entré a la Pirámide como periodista y salí como escritor, ya que al poco tiempo me vi abocado a escribir mi primera novela», asegura.

El otro desafío llegó poco tiempo después. El aún Sierra periodista trabajaba entonces en la publicación de su tercer ensayo, en este caso dedicado a contar otra historia que se había cruzado investigando: la de María Jesús de Ágreda, una religiosa del siglo XVII que, cuenta la leyenda −y algunos documentos históricos reales−, era capaz de estar en dos lugares a la vez.

«Pasé entonces por todos los grandes editores del país y todos me dijeron que no les interesaba, todos me rechazaron. Pero hubo un editor joven, que acababa de entrar en la editorial Martínez Roca, que me dijo: "Esta historia de una monja que está en dos sitios a la vez no se la va a creer nadie, acá no hay libro, pero tal vez sí una novela. Si te animas a contarlo en clave de novela, lo estudiamos y lo pensamos», rememora.

Así, casi sin quererlo, ese editor −con quien Sierra aún hoy mantiene el contacto− le dio el germen sobre el que se cimienta toda su obra: un misterio real investigado a fondo y un contexto de novela donde poder desarrollar la historia e imaginar las respuestas.

«Entonces acepté el reto y escribí La dama azul. Sufrí mucho al escribir ese primer libro. Porque yo sabía que, mientras tuviera los datos, podía escribir, mantener un tempo e ir tejiendo la historia. Pero hay un momento en el que los datos desaparecen y se abre un abismo y ahí es donde tienes que empezar a tejer tú una historia sin muletas», recuerda. Tras seis o siete meses, lo consiguió.

Tras La dama azul, no obstante, la carrera de Sierra seguía dividida entre la literatura y el periodismo, con una novela publicada cada dos años, todas con una fórmula similar: Las puertas templarias en 2000, El secreto egipcio de Napoleón en 2002 y La cena secreta en 2004, que aunque ni lo sospechara mientras la escribía, marcó un antes y un después en su carrera y en su vida.

Es que mientras Sierra escribía la que sería su cuarta novela, centrada en los códigos secretos que Leonardo Da Vinci plasmó en su cuadro La última cena, del otro lado del Atlántico un tal Dan Brown le daba los retoques finales a la que también sería su cuarta publicación: El Código Da Vinci.

Apenas se publicó, el editor de Sierra se sobresaltó, ya que al llegar a las librerías primero, El Código Da Vinci podía frustrar los planes que tenían para La cena secreta. Por eso, le envió una copia del libro de Dan Brown para que el autor español evaluara si eran similares. «Me leo la novela y le escribo a mi editor diciéndole que no se preocupara, que se trataba de un thriller que no iba a ninguna parte y que las dos eran muy diferentes», recuerda entre risas.

Sin pensar mucho más en el tema, Sierra publicó unos meses después La cena secreta, que se volvió rápidamente un éxito en España. «Y de repente, El Código Da Vinci explota». Fue así que al poco tiempo Sierra y su editor recibieron una «oferta increíble para la época» para traducir y publicar la novela en EEUU, un salto cualitativo y cuantitativo para el autor, hasta entonces solo reconocido en España y con incipientes ventas en países como Italia, Francia y Alemania.

Como si fuera poco, La cena secreta escaló rápidamente posiciones en las listas de ventas en EEUU para convertirse no solo en un best-seller, sino en la única novela de un autor español en toda la historia en ingresar al top 10 de la lista de los más vendidos del New York Times.

«La lista se publica desde 1941 y ahí nunca ha entrado un autor español entre los 10 primeros, salvo mi novela. Eso me marca como autor, evidentemente. Pero más allá del impacto, lo que me estaba diciendo ese hito personal es algo que yo interioricé enseguida. Una buena historia es internacional, da igual si la ambientas en Maine o en Soria. Lo que hay que hacer es encontrar esa buena historia», resalta.

Es por eso que Sierra se define a sí mismo como «un cazador de historias». En lugar de esperar la inspiración, investiga sin cesar en busca de misterios que pueda llevar al mundo de la ficción. «Y cuando cazas una buena historia, tu instinto te dice si va a ser entendida en todos lados», asegura. «Por eso yo a mis novelas las llamo novelas de investigación. Hay una novela, pero también un interrogante verdadero que quiero resolver y una investigación histórica detrás», agrega.

Las historias evidentemente siguieron llegando. Y el éxito de La última cena le permitió por fin dejar el periodismo en un segundo plano y dedicarse de lleno a la literatura, una decisión lógica pero difícil de tomar, asegura.

«Todo aquello a mí me sorprende, es un salto enorme y es el momento en el que digo, "si con mis intereses, haciendo lo que yo he querido con mis novelas he llegado hasta aquí, tengo un camino". Pero claro que siempre es un salto difícil. Porque cuando tú estás trabajando para otro, de alguna manera vives en la comodidad de que hay alguien que te da las ordenes. Puede ser más o menos grato, pero siempre hay alguien que te marca el camino. Pero cuando te sales del camino y no hay mapa, señales, ruta, no hay nada, eso impone un poco. La cosa era complicada, pero decidí tomar el riesgo, se vive una vez», argumenta.

La decisión no podía haber salido mejor. Desde entonces, Sierra se ha convertido en uno de los autores más populares en España con tres novelas más publicadas y una cuarta que marcó un nuevo gran hito en su carrera: el Premio Planeta 2017.

Entregado año a año desde 1952 por la Editorial Planeta, se trata de uno de los premios más prestigiosos de la literatura en español, además de ser uno de los mejor dotados del mundo, con 601.000 euros para el ganador. Fernando Savater, Alfredo Bryce Echenique, Camilo José Cela, Mario Vargas Llosa y el uruguayo Antonio Larreta han sido algunos de sus más ilustres ganadores y, desde 2017, el nombre de Sierra se sumó a la lista.

El premio fue otorgado por su novela El fuego invisible, que parte del siempre apasionante enigma del Santo Grial para abordar cuestiones como el poder de las palabras y el origen de las ideas. «El fuego invisible cumple todas las características de mi obra. Parte de un interrogante que intenta resolver, lleva al lector por un camino sembrado de trampas y de equívocos para que al final llegue a sus propias conclusiones», comenta el autor sobre su obra.

«Lo que hace es intentar resolver el enigma sobre de dónde vienen las ideas, las cuales formulamos con palabras. Y las palabras son elementos muy poderosos con los que construimos la realidad. Si no damos nombre a las cosas, estas no existen. Y pongo como el ejemplo troncal de toda esta historia la palabra grial, que es recurrente en este tipo de novelas. Sin embargo, es una palabra que se inventa recién en el siglo XII. No existe en los Evangelios, se crea en plena época de las cruzadas y se la va cargando de significado. Por lo tanto el grial como tal no existe, es una invención, pero es tan poderosa que ha condicionado incluso la historia de algunos países y eso es lo que a mí me interesa», agrega.

Pero aunque argumente que el grial «no existe», Sierra tiene claro el magnetismo que genera su sola mención. «El grial representa el punto de intersección entre el mundo visible y el invisible, es ese elemento, esa pieza, que comunica el mundo de los mortales con el mundo de la divinidad. Es el lugar, el nudo donde se comunican, y eso es lo que nos fascina a los humanos. Anhelamos tanto comprender el universo y la parte invisible del universo, que las piezas que parece que están entre ambos mundos se nos antojan interesantes. Por eso el grial es interesante, por eso nos interesan las reliquias, por eso los musulmanes adoran el meteorito de la Casbah en la Meca, porque creemos que nos comunican con los dos mundos: el espiritual y el material», explica.

Con su premio aún reciente, Sierra prepara ahora su siguiente paso. Para darlo, asegura, utilizará el efectivo ganado para comprar el mayor lujo que una persona se puede dar: «libertad y tiempo». «Lo más valioso que existe es el tiempo y yo pienso usarlo para estudiar, viajar, escribir y poder estar con mis hijos».