Una perla en el Atlántico

Cabo Polonio

Desde las historias de naufragios y bucaneros, pasando por los jóvenes mochileros en la búsqueda de sencillez y naturaleza y el boom del turismo hippie chic, Cabo Polonio atrae por la magia que genera en sus visitantes.

Sebastián Amoroso

Una perla en el Atlántico

Desde las historias de naufragios y bucaneros, pasando por los jóvenes mochileros en la búsqueda de sencillez y naturaleza y el boom del turismo hippie chic, Cabo Polonio atrae por la magia que genera en sus visitantes.

A tan solo 264 kilómetros de Montevideo, por la Ruta 10, se encuentra el Parque Nacional Cabo Polonio, que abarca unas 5.000 hectáreas, y que desde 2009 es parte del Sistema Nacional de Áreas Protegidas de Uruguay, por lo que no se puede construir ni reformar las viviendas del lugar.

Es uno de los balnearios de pescadores artesanales más reconocidos a nivel internacional después de Punta del Este. Una joya en el Océano Atlántico.

Si bien es un pueblo de pescadores tradicionales, rodeado de extensas superficies de médanos, dunas y playas oceánicas, durante la temporada alta recibe miles de veraneantes de todas las nacionalidades, haciendo del turismo su principal fuente de ingresos. Entre los meses de enero y febrero de 2017, según datos aportados por la Dirección de Turismo de Rocha, el Cabo recibió a más de 75.000 turistas.

En sus costas habita una de las colonias de lobos marinos más grandes del mundo, además de leones, elefantes marinos, pingüinos, delfines, orcas y ballenas. «La basura de nadie es de todos», advierte un cartel que imprime el espíritu de quienes habitan el pueblo con el cuidado de la comunidad, el hábitat y su sustentabilidad.
 
De los carros a caballo a Raymond Bruneaux

Quienes visitan el Cabo suelen quedarse enamorados de su entorno y la magia que genera, y regresan. En mi niñez, Cabo Polonio era algo como una expedición a la isla donde habitaba Robinson Crusoe, con costas que escondían –y esconden– historias de naufragios, corsarios y tesoros, y un estilo de vida natural y sencillo.

Un pueblo rústico de unos 150 pobladores residentes, preferentemente vinculados a la lobería, la pesca artesanal y actividades relacionadas, sin electricidad continua ni infraestructura sanitaria, y un ecosistema con extensas playas, un océano de olas impecables y variada fauna nativa.

A fines de la década del 60, caminando por la costa desde la Barra de Valizas o a través de los médanos en los pintorescos carros tirados por caballos de los lugareños, se podía llegar a Cabo Polonio.

En la década del 90 llegó el francés Raymond Bruneaux, quien se dice que se enamoró de aquella magnética geografía de dunas y playas oceánicas y estableció su negocio en torno al traslado y travesía de turistas desde la Barra de Valizas hasta el Cabo Polonio en vehículos todoterreno, que hoy ya son parte de ese paisaje estival.

Para sus visitantes el Polonio siempre ha tenido una mística única. Tanto en invierno como en verano, las historias seducen. El reggae y el folclore se mixturan. También los idiomas locales y extranjeros. Y los personajes de la zona, los «locales», conforman una comunidad muy organizada y celosa por mantener su estilo de vida y preservar el patrimonio único y mágico del lugar.

Un balneario de juventud, mochileros, que con el correr de las décadas y el boca a boca fue desarrollándose hasta la actualidad, con un público fiel y también con mucho turismo no tradicional y aventurero de alto nivel adquisitivo.

Así, se estableció un circuito turístico más desarrollado con un estilo hippie chic. Los medios internacionales bautizaron al Polonio como «la colonia hippie del Atlántico». Legaron los famosos y los establecimientos gastronómicos apostaron a un mejor servicio, con una oferta que abarca posadas y restaurants como La Perla del Polonio, la posada La Cañada o Cabo Polonio Hostel; así como establecimientos más populares como Pepe Corvina, Lo de Lujambio, Lo de Chela o Lo de Joselo.

Cabo Polonio tiene dos playas, La Calavera (hacia la Barra de Valizas) y la Playa Sur (hacia La Pedrera), la que cosecha más elogios. En su entorno están afincadas las viviendas rústicas –también llamadas «ranchos»–, que hoy no son tan rústicas e incluyen comodidades como paneles solares y aire acondicionado. Hoy en día, los ranchos están valuados en US$ 250.000 aproximadamente o se alquilan en temporada alta a un promedio de US$ 150 por día.

El pueblo tiene una suerte de centro, un sendero donde se ubican los puestos artesanales, los locales de comidas al paso elaboradas con productos del mar, y por supuesto, mucha música.

Una caminata por el Polonio puede significar la experiencia de toparse con una ballena o una tonina en el mar, un grupo de vacas o caballos caminando entre los médanos o los aullidos de los lobos marinos en la noche.


La fiel cofradía del Polonio

«Esquivamos los peajes/y así se leyó el destino:/llegarás a Los Corvinos/recargarás tu voltaje/en el porche de un otoño/de calor incoherente/los tornillos de mi mente/los consigo en el Polonio/tan veloz como un quelonio/pasa Paul por el sendero/como siempre tan austero/con su musa ensimismado/yo lo miro colocado/colgando bajo el alero/cae el sol y se levanta», canta Martín Buscaglia en «Trival Polonio», canción incluida en su disco El evangelio según mi jardinero (2006).

La primera vez que Paula Andregnette llegó al Polonio corría el verano del año 1984. «El Polonio para mí es desconectarse de todo y estar en contacto solo con la naturaleza y con uno mismo», sostiene quien hace más de 30 años veranea y tiene su rancho en el balneario.

«A mí me gustaba el Cabo de antes, cuando se hacía la cola con una botella para que la Chela María Celia Calimaris nos ordeñara leche de vaca y nos diera pan casero», recuerda. «Ahora lo único que mejoró es la limpieza, ya que la basura la sacan del Cabo».

Lo mismo sucede con otros cambios, como el transporte para acceder al pueblo. «Antes entrabas en carro o a pie y muy poca gente accedía en un Jeep. Ahora hay mucho tráfico de camiones que contaminan mucho; y sucede lo mismo con la superpoblación en el verano».

La comunicadora y conductora María Gomensoro descubrió el balneario una Navidad de 2006. «Es como el campo en el mar», dice. «El rey Sol rige los horarios e impone los ritmos», añade. «Al Cabo se va sin lujos, sin celular, sin comodidades modernas. Se va con lo puesto y lo que el lugar propone: velas, guitarras y mar», subraya. «Lo descubrí tarde y me arrepiento, porque el Cabo que me transmitieron sus más fervientes moradores está despareciendo».

Marcelo Lacaño, propietario del restaurant La Commedia en Montevideo, llegó al Cabo al igual que Paula en el año 1984. «Lo recuerdo perfecto, fui a dedo desde Montevideo, vía Castillos y caminando desde Aguas Dulces con parada en Valizas». Para este empresario gastronómico, el balneario «es un lugar que resume muchos de mis gustos: paz, tranquilidad, mar, naturaleza, desconectarse del afuera y conectarse con el adentro».

De todas formas reconoce que en estas décadas el lugar ha sufrido muchos cambios: «La demanda supera la oferta y lo hace carísimo para alquilar», pero asegura que «la esencia permanece», fundamentalmente «desde la declaración de área protegida».

Lacaño también llegó a tener un restaurant en el balneario. «Fue la mejor oficina que tuve, un parador en las arenas de la playa Sur, ofreciendo todo lo típico en comidas, bebidas, espectáculos. Una experiencia inolvidable».

Para la Dra. Bettina Duter, que descubrió el Cabo en 1988, «es el lugar más lindo para ser libre», aunque reconoce que ha cambiado y que es «más de elite». «Recomiendo para comer el Duendes de María y Lo de Chiche. Lo de Joselo, que se llama Otro Mundo, y Lo de Pancho, que se llama Estación Central para bailar. Tengo miles de anécdotas y las mejores noctilucas y estrellas».

El músico Felipe Soto Holt subraya que lo mejor del Cabo es que no hay autos. «La playa está divina, y a la noche, como no hay luz, hay esa paz de estar a luz de las velas, tomando una con una guitarra y el fuego, eso es lo máximo».


Para el músico, «es un lugar para desenchufarse de verdad. No tenés a dónde enchufar un aparato, aunque ahora Lujambio te carga los celulares, cosa que trato de evitar, lo prendo una vez por día».


Si bien Soto Holt entiende que el balneario es más sofisticado que antes, lo ve como algo que es parte del progreso. «Más que lujo son comodidades», afirma. «Ahora casi todos los ranchos tienen panel solar para algunas cosas básicas. Igual es luz de baja tensión. Hay ranchos que tienen hasta aire acondicionado. Cada uno con sus lujos. Igual eso es en los ranchos de Beverly Hills como popularmente se le dice a la zona Sur del Cabo; en los de playa norte está todo igual que siempre. De todas maneras, la mayoría va a otra cosa. La paz se nota y siempre hay buena onda».

Por último, Soto Holt advierte que las personas que visitan el Cabo sin conocer el tipo de servicio que se ofrece «está frita». «Aquellos que se estresan porque las cosas demoran o porque pedís ravioles y te traen sorrentinos pasan mal por eso. Yo me como los sorrentinos…», concluye.

«Yendo a lo de Lujambio/buscando pan de banana/este ritmo que me lleva será lento pero sana/las heridas que este año a mi alma hicieron nana», canta Martín Buscaglia junto al español Kiko Veneno en «Blues del carrito» (Temporada de conejos, 2010).

13 TIPS PARA DISFRUTAR DEL MOOD POLONIENSE 


Lo que recomiendan los asiduos al Polonio: 1) Hacer mucha playa. 2) Muchas siestas. 3) Ver los atardeceres. 4) Excelente surf point. 5) Las noches estrelladas con carnes o pescados a la parrilla. 6) Las rondas de guitarras. 7) Una buena lectura. 8) Visitar los lobos marinos. 9) Caminar por la playa de La Calavera. 10) Juntar algas para hacer buñuelos. 11) Ver los cielos estrellados y las noctilucas. 12) Caminar de noche sin linterna. 13) Subir al Faro.

EL FARO DEL CABO

El Faro de Cabo Polonio fue inaugurado en 1881. En 1976 fue declarado Monumento Histórico Nacional. En su álbum 12 segundos de oscuridad (2006), el cantautor Jorge Drexler le hace un guiño refiriéndose a los doce segundos que transcurre entre cada destello lumínico blanco que emite el faro, que tiene un alcance de 17,8 millas náuticas. «Un faro quieto nada sería/guía mientras no deje de girar/no es la luz lo que importa en verdad/son los doce segundos de oscuridad», canta Drexler. Su torre de piedra, de estructura cilíndrica de 26 metros de altura, cuenta con tres aros blancos y una cúpula a franjas radiales blancas y rojas. Es una visita fija de martes a domingos, entre las 10:00 y las 13:00 horas; y de 15:00 hasta la puesta de sol. Desde el faro se puede divisar el pueblo, las dunas, la reserva marina y las Islas de Torres, un pequeño archipiélago conformado por la Isla Rasa, la Isla Encantada y el Islote.