En el camino

Entrevista al músico argentino Gustavo Santaolalla

El músico y productor argentino radicado en Los Ángeles Gustavo Santaolalla dialogó con The Select Experience Magazine sobre sus actuales proyectos y el camino recorrido. Habló de Evo Morales y Eric Clapton; de pastas y de sushi; de su bodega de vinos en Mendoza y de la teoría del desdoblamiento del espacio-tiempo.

Sebastián Amoroso

En el camino

El músico y productor argentino radicado en Los Ángeles Gustavo Santaolalla dialogó con The Select Experience Magazine sobre sus actuales proyectos y el camino recorrido. Habló de Evo Morales y Eric Clapton; de pastas y de sushi; de su bodega de vinos en Mendoza y de la teoría del desdoblamiento del espacio-tiempo.

Gustavo Santaolalla es uno de los músicos y productores argentinos más importantes del mundo, ganador de dos premios Oscar, entre muchos otros galardones, y productor de algunos de los artistas más relevantes y populares de la música alternativa de América Latina, desde Café Tacuba y Juanes hasta El Peyote Asesino y Julieta Venegas.

El próximo 13 de octubre se presenta en el Auditorio Nacional del Sodre con su show Desandando el Camino, que comenzó en el Teatro Colón de Buenos Aires en diciembre de 2016.

El show abarca gran parte de su inmensa carrera musical junto a su nueva banda integrada por Barbarita Palacios, Javier Casalla, Nicolás Rainone, Pablo González y Andrés Beeuwsaert. Desde Arco Iris hasta Bajofondo, pasando por sus bandas de sonido de películas, discos solistas y la música del videogame The Last Of Us.

¿Cuál fue el disparador de este show que traés a Montevideo y revisita las canciones de tu obra menos conocida? Yo no soy un artista que haya montado parte de su carrera a partir de la nostalgia de estar tocando mis temas. Muy por el contrario, siempre he tratado de buscar cosas que me saquen de mi zona de confort, proyectos que implican desafíos. De artista y productor de mi obra pasé a producir discos de otros, hacer música de películas y videojuegos, y ahora estoy haciendo musicales. Pero, quizá por la edad o por temas muy personales en un momento decidí ver lo que había hecho, cómo había hecho para llegar a donde estoy ahora. Y en ese proceso fue como redescubrí mi obra, todas esas canciones.

Lo que ocurrió es que la obra de Arco Iris es muy distante, hace muchos años de eso, y por otro lado las otras cosas que vienen de mis álbumes solistas Santaolalla 1982, GAS 1995 y Ronroco 1998 nunca las toqué en vivo. Yo saqué esos álbumes en distintos momentos y siempre por una razón u otra no los promocioné. Esos temas hoy en día me suenan como nuevos, tienen una frescura y no tienen nada de nostalgia. En ese proceso de redescubrir temas –también con Arco Iris, que son canciones que escribí cuando tenía 18 años–, empecé a ver la atemporalidad de esa música, suenan totalmente actuales, incluso futuristas. Ha sido muy reconfortante. Hoy en día mi rango como cantante ha crecido y aparte tengo el peso que te dan los años de vida y las vivencias que he tenido. Me siento como intérprete en un momento muy particular, y como los paradigmas increíblemente siguen siendo los mismos en muchas cosas, también me conecto muy bien con las letras. Y con la gente también se produce una conexión muy fuerte, porque muchos no están tan familiarizados con mi obra. Son dos horas y media de mucha música.


¿Qué músicos te acompañan en este show? Lo bueno de esto es que me ha dado la oportunidad de armar una banda muy linda con multinstrumentistas. Siempre me interesó mucho el tema de las voces. Soy fan de todas las cosas vocales, desde los Beatles, los Byrds o Beach Boys. Y en este caso cantamos todos en la banda. Una de las cosas lindas es que todos los músicos tienen un background de rock −algunos también de jazz−, pero todos tienen una conexión con el folclore. Me acompañan Barbarita Palacios, Nico Rainone, Andrés Beeuwsaert, Pablo González y Javier Casalla, que es como mi hermano del alma, y trabajo desde antes con Bajofondo.

Vos tocás desde hace décadas el ronroco, incluso tenés un álbum que lleva ese título. ¿Cómo llegaste a descubrir este instrumento? El ronroco es parte de mi música; pasó a ser un instrumento muy importante para mí. Yo toco el charango desde chico. Al principio tenía uno con cuerdas de metal que no sabía cómo se afinaba. Luego ya en Arco Iris le compré uno a un muy buen charanguista boliviano y lo usé mucho en Arco Iris, muy resistido por la inteligenzia del rock. Y en un momento hasta tuve un charango grave con caparazón de tortuga en vez de mulita. Hasta ahí no había encontrado el enganche, pero años después –siempre hice grabaciones de cosas que componía– me compré un charango grave y me explicaron que hay tres charangos: el normal, que es en la y en sol; después está el maulincho, que está muy arriba; y hay uno abajo que se llama ronroco, y me encantó porque tiene un sonido muy diverso. Y con la forma que yo tenía de tocar la guitarra y el ronroco empecé a componer y a grabar un montón de cosas.

Ya llevaba como 10 años haciendo esto y un día me conectan con Jaime Torres, el Ravi Shankar del charango, para hacer un disco de su vida. Armé un álbum básicamente instrumental y entablé una amistad con él, y me moría de ganas de mostrarle lo que yo hacía pero me daba mucha vergüenza. Finalmente me animé y me dijo que no había ninguna regla: «Le encontraste el espíritu al instrumento y tenés que hacer un disco», dijo. Y al álbum le puse el nombre del instrumento. Hoy en día, es increíble la cantidad de gente en YouTube que toca el ronroco. Te juro que no existía. Me siento de alguna manera un poco responsable de haberlo puesto en el mapa.

¿Cómo fue la experiencia del documental Qhapaq Ñan. Desandando el camino, que realizaste en 2016 para la TV Pública Argentina y el Canal Encuentro? Un viaje similar al proyecto De Ushuaia a la Quiaca, que hiciste décadas atrás junto a León Gieco… Fue una experiencia maravillosa porque en realidad creo que esa fiebre de la necesidad del camino la tengo desde muy chico. Siempre soñaba con viajar. De chico iba a las embajadas a pedir folletos y después lo puede hacer. Lo de Ushuaia a la Quiaca fue increíble y siempre quedé con ganas de seguir viajando, sobre todo por nuestros lugares, y el Qhapaq Ñan me dio esa posibilidad. Recorrí lo que se conoce como Camino del Inca, pero lo hice desde el tramo argentino empezando por Mendoza. En sí el camino nace en Cusco; hacia el norte llega hasta Colombia, y hacia el sur entra en Bolivia y después se bifurca, una parte va por Chile y otra por Argentina. La parte de Argentina llega bien claramente −están los lugares arqueológicos− hasta Mendoza. Así que me fui desde Mendoza por todas las provincias hasta llegar a Jujuy, y ahí cruzamos a Bolivia, llegamos al lago Titicaca y me reuní con Evo Morales en La Paz. En el camino había una especie de conexión con los distintos pueblos originarios que habitaban cada región, Collas o Quilmes. Yo tenía una pluma que me dieron los Huarpes cuando empezamos el viaje, y en cada lugar que visitaba la gente iba agregando un hilo envuelto. Entonces cuando llegamos a Bolivia ya la pluma estaba completa y se la regalé a Evo en nombre de los pueblos originarios. Fue una experiencia muy linda y espero continuar ese tipo de proyectos que implican viajar por tierra y poder estar en estos lugares increíbles, y que la gente no tiene ni idea que están tan cerca.

¿Siempre tuviste esa atracción por lo autóctono, folclórico, regional? Sí, siempre tuve esa conexión con la tierra y el planeta. Me parece que lo telúrico tiene eso. Y el rock para mí tiene una cosa primal que también se relaciona con eso. El mundo de los tambores, el alarido, el grito. La baguala tiene un alarido como el blues. Y encontré una conexión muy fuerte en esa búsqueda de la identidad y la música para hacer algo que represente quién soy y de dónde vengo. Y que lo llevo al máximo con el tema principal del videojuego The Last of Us, que está hecho con ronroco, un 6x8, un ritmo chacarero en un drama norteamericano. Ahí está mi sello. O mismo en la película Brokeback Mountain, que en las guitarras que toco hay influencias de Atahualpa Yupanqui.

¿Esa influencia musical te llegó por tus padres? Mis viejos escuchaban todo tipo de música. Y eso creo que de alguna manera me marcó porque crecí escuchando de todo, desde música tango, folclore, música norteamericana, un poco de música clásica, jazz…

Con el tango creaste Bajofondo y también produjiste el álbum Café de los maestros, con leyendas del Río de la Plata como Mariano Mores y Lágrima Ríos, entre muchos otros… Me llevó muchos años aventurarme en lo del tango. De hecho estoy tocando en el show un tema que se llama «Quiero llegar» de Arco Iris, y tiene toda una parte piazzolera, y la hemos sampleado en Bajofondo, pero en realidad con Arco Iris y con mi obra siempre estuve explorando lo que tenía que ver con el folclore y no con el tango. En algún momento me iba a meter con eso porque el tango, como la milonga, el candombe o la murga, es parte de mi genética musical.

Llegaste a grabar también candombe… Sí, el tema «María de los Ángeles» con Ruben Rada en el disco Santaolalla. Y Juan Campodónico fue el partner para poder crear Bajofondo y la banda que es hoy.

Claro, Bajofondo evolucionó y hoy no sabría dónde ubicarla, porque no solo es tango y electrónica, ahora tiene músicas del mundo… Sí, hay de todo. Hay música clásica, soul y por supuesto, todos los condimentos del Río de la Plata.

¿En qué está hoy Bajofondo? Ya estamos trabajando en un nuevo disco. Estamos bastante avanzados. Y creo que estará para principios del año que viene.

Participaste como invitado en el nuevo disco de Juan Campodónico Tambor del cosmos Me encanta esa canción. Me encantó cantarla.

¿Cómo surge el musical Arrabal con música de Bajofondo? Ya lo había hecho en Toronto. Ha ido evolucionando y perfeccionándose. Ahora tuvimos la oportunidad de hacerlo con la compañía norteamericana American Repertory Theatre de Boston. Es una compañía muy conocida. Es una especie de trampolín para que las obras pasen a New York o Londres. Tienen un teatro muy lindo en Boston. Y con la compañía, con la que venimos trabajando desde hace ya seis años, armé como una juvenil de Bajofondo con músicos que entienden nuestro lenguaje y pueden tocarlo. Arrabal es un espectáculo con coreografía de Julio Zurita, dirección de Sergio Trujillo y textos de John Wyman, basado en una idea mía, y trata un tema muy del Río de la Plata que es el tema de los desaparecidos. Es un musical bastante fuerte y sexy; todo contado con danza. Es muy emotivo. Las reviews, por ejemplo la de The Boston Globe, han sido excelentes. Estamos ahora trabajando para llevarlo a New York. Todavía no sabemos si off Broadway o Broadway.

¿También estás involucrado con el musical El Laberinto del Fauno? Terminé de escribir la música. Paul Williams escribió las letras. Guillermo del Toro está buscando un director de teatro para dirigirlo, una tarea que puede llevar fácil un par de años porque los musicales son empresas enormes que requieren muchísimo tiempo y trabajo.

También estás con la banda sonora del documental sobre la vida de Eric Clapton. Contame de esta colaboración. Eso fue increíble, porque que Eric Clapton haya pedido que yo haga la música es un honor. Sentir que tengo esa conexión con él. Nos hemos conocido personalmente. Es un tipo que ha estado no solamente escuchando la música de la película, sino mis canciones. Conmigo ha sido un caballero. Aparte tiene una vida tumultuosa que por suerte tiene un final feliz, porque el tipo increíblemente después de todo lo que pasó ha salido adelante. En este momento estoy terminando la mezcla de la película.

¿Qué otros proyectos te tienen entusiasmado? Tengo muchas cosas mías. Y veo la atemporalidad de ese material y quiero que la gente lo conozca. Tengo ganas de hacer un proyecto con Agitor Lucens V de 1974, el último álbum que hice con Arco Iris. Ahora lo quiero hacer y grabar con músicos jóvenes. Si Dios quiere para el año que viene a lo mejor lo hacemos en Buenos Aires. También quiero armar un show de música instrumental de las películas, videogames y series de TV. Desde la música de series como Hell on Wheels o Making a Murderer a películas como Babel, Diarios de motocicleta, Relatos salvajes o Amores perros.

Tenés muchos proyectos en paralelo, ¿sos meticuloso, ordenado? No sé, la verdad. Hay una cantidad de cosas. Cuando paré un segundo para mirar para atrás dije «wow, todo lo que hay». Tengo mucha música. Tengo un disco que nunca salió. Es un álbum que hice cuando vine a Estados Unidos en 1978 que se llama Pachamama. Tengo montones de cosas en español y en inglés. Quiero que esa obra se conozca porque siento que quizá, a pesar de los giros que tomó mi carrera, siempre mantuve contacto con el sur, tanto con Argentina como con Uruguay, un país que adoro, con el Peyote Asesino, La Vela Puerca y Bajofondo. Pero mi parte como artista quedó relegada y siento que tengo una deuda conmigo y con el público, porque hay mucha música que merece ser conocida.

¿En qué etapa está tu editorial Retina? La editorial Retina en este momento está terminando de cerrar un deal con una casa editora muy grande. Se van a editar más libros y también a reeditar parte del catálogo de Retina. Si Dios quiere lo vamos a hacer antes de fin de año.

¿Y el sello discográfico Surco? El sello totalmente parado.

¿Y la bodega Cielo y Tierra? Es un sueño que siempre tuve. El viñedo, el vino y el arte, la música. Con mi mujer somos muy foodie, nos gusta mucho la comida y el buen vino, y un día estábamos en Mendoza, habíamos hecho un negocio y unos manguitos con Universal Music y sin saber mucho nos metimos en una aventura, porque es una cosa de meter guita y guita. Empezamos en el 2005 y viene bárbaro. Tengo unos nuevos socios y más vinos. Tengo una línea nueva que se llama Callejón de las Brujas, que se suma al Celador y al Don Juan Nahuel. Además, mi hija Luna, que empezó a ir a la viña cuando tenía 10 años, hoy está en Davis en California, la mejor escuela de enología que hay en el mundo, estudiando enología y vitivinicultura.

¿También estás produciendo grapa y cerveza artesanal? Cerveza artesanal sí, grapa no. Pero tengo idea de hacer un aguardiente en algún momento. Tengo las cervezas Grosa y Re Grosa que en este momento está en hiato, porque tuve un tema con el maestro cervecero que era una persona muy informal y yo no puedo trabajar así, pero la cerveza era increíble y muy conocida en Argentina.

¿Seguís explorando caminos espirituales? Desde muy chico tuve un interés por todo lo que tiene que ver con los misterios de la vida. Siempre sentí una gran conexión entre la música y la espiritualidad. Fui criado católico y desde muy chico tenía la intención de ser sacerdote, pero tuve una crisis espiritual a los 11 años que me hizo separar de la Iglesia. Fue un problema filosófico. Le conté al cura mis cuestionamientos y me querían exorcizar. Mi viejo me dijo que si tenía dudas no lo hiciera y nunca más me jodieron con ese tema. Después con Arco Iris cuando conocimos a Dana Wynnycka esa búsqueda se unió y creamos una especie de comunidad donde llevábamos una vida totalmente monástica. Entre los 18 y 24 años viví una vida prácticamente de monje, totalmente aséptica en el medio de la fama de Arco Iris. No consumía drogas, ni alcohol, ni carne; ayunaba una vez por semana, hacía yoga y no tenía sexo. Fui célibe entre los 18 y 24 años. Después recuperé todo el tiempo perdido en todo…

Cuando me separé de Arco Iris esa búsqueda interior continuó con el budismo y siguió todo el tiempo hasta el día de hoy. Siempre le dediqué tiempo a la lectura y la ciencia newtoniana, tiene una forma de ver las cosas que para mí es limitante. De a poco me fui metiendo en la física cuántica y me partió la cabeza. De ahí me interesó Jean Pierre Garnier Malet que habla del desdoblamiento del tiempo, del doble yo cuántico; es algo que estoy leyendo, estudiando y practicando a diario. No concibo la vida sin esos intereses.

¿Dónde vivís en Los Ángeles? Vivo desde hace 20 años en Echo Park, una zona que en los últimos cinco años se ha convertido en la concentración más grande de hipsters del mundo, con muchos artistas, músicos y barbudos.

¿Qué lugar recomendás para cenar en Los Ángeles? Hay muchos lugares. The Kitchen Factory en el Downtown está muy bueno para ir a comer pastas. También está Matsuhisa en Beverly Hills, que tiene uno de los mejores sushi del mundo, es el restaurant del mismo dueño de la cadena de restaurantes de sushi Nobu. Pero este es el original.