Bienvenido a bordo

Recorremos las costas de Punta del Este a bordo del Rasputín, una experiencia única que nos devuelve una mirada distinta del océano, la costa y el paisaje. El recorrido nos permite conocer la historia de hombres, naufragios y tesoros escondidos bajo el mar.

Rodrigo ros

Bienvenido a bordo

Recorremos las costas de Punta del Este a bordo del Rasputín, una experiencia única que nos devuelve una mirada distinta del océano, la costa y el paisaje. El recorrido nos permite conocer la historia de hombres, naufragios y tesoros escondidos bajo el mar.

l mar está calmo, el cielo despejado. La brisa recorre el muelle provocando el vaivén suave y acompasado de las embarcaciones amarradas al borneo. El único sonido a esa hora de la mañana es el graznido de unas pocas gaviotas sobre los palos más altos de las embarcaciones. Las drizas chocan de revés contra los mástiles.
Sobre el velero nos recibe atento Gustavo, su capitán, que apenas unos minutos antes chequeaba máquinas, las amarras a proa, la driza de la mayor, el velamen y la radio que lo comunica con el puerto.
Es una mañana muy soleada; para los que no estamos acostumbrados al impacto del sol en altamar, es bueno pensar en un protector solar. Imposible imaginar la dureza del sol y del mar doscientos años atrás. Las reservas de naranjas eran oro en vitamina, un remedio milagroso contra el escorbuto.

Aquellas eran duras travesías, con hombres forjados en enfrentamientos contra piratas y corsarios. Algunos de estos hombres darían su última batalla sobre la bahía de Punta del Este, sobre las costas que en pocos minutos recorreremos a bordo del Rasputín.

El Rasputín es una reliquia del mar. Una embarcación construida en madera laminada de 40 pies, con un diseño Cibert fabricado por el astillero Rosendo en 1976. La embarcación fue encargada por un excéntrico hombre de negocios que cumplió el sueño del velero propio, bautizándolo con el nombre del lugar en el que conoció al amor de su vida, en París.
El mar y sus embarcaciones guardan secretos. Son historias que evocan tiempos convulsos, pasiones y misterios. Las costas de Maldonado y en particular las de Punta del Este guardan muchos tesoros, algunos probablemente aun sin descubrir.

Todo está pronto. El capitán avisa por radio la salida a vista de costa del Rasputín. La salida es asistida por el motor. Apenas superemos la primera escollera, el navío estará en condiciones de emprender su curso hacia el mar. Desde el muelle nos acompaña la mirada atenta de los pescadores.

Gustavo abandona de pronto la seguridad del timón para alzarse frente al mástil, es necesario que la mayor se ice correctamente. La maniobra requiere cierto equilibrio, pero Gustavo conoce de memoria cada rincón de su embarcación. La mayor se infla imponente con sus varios metros de tela blanca ceñida a estribor. El barco se inclina, la velocidad aumenta y las olan chocan contra el casco.

Sorprende que una embarcación tan grande pueda ser maniobrada por un solo hombre. «Eso era lo que quería -explica Gustavo-, un velero que pudiera maniobrar solo. No era fácil encontrar uno que tuviera estas comodidades y que al mismo tiempo me diera la libertad de llevarlo hasta donde quisiera».

Gustavo es un hombre de mar. De los 40 años de vida que lleva el Rasputín, 27 han sido capitaneados por él. Sobre el margen derecho se descubre ahora la costa de Punta del Este; la vista es tan distinta desde el mar que la sorpresa retrasa apenas unos segundos el disparo de cámaras y celulares.

Unos momentos después llegamos al cruce de la isla Gorriti, a la altura de Los Banquitos. Los vestigios de las baterías apostadas a este y oeste de la isla recuerdan épocas convulsas. Atravesar este mismo cruce hace apenas doscientos años nos hubiera enfrentado al fuego cruzado de los cañones que evitaban que las embarcaciones enemigas buscasen el abrigo de la bahía.


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